INTERACTIVE


LAb(au) (Manuel Abendroth, Jerôme Decock y Els Vermang, 1997) · Laurent Bolognini (Saint Germain en Laye, 1959 · Asdrúbal Colmenárez (Trujillo, Venezuela 1936) · Carlos Cruz Diez (Caracas, 1923) · Félicie D´Estienne D´Orves (Atenas, 1979) · Pascal Dombis (Metz, 1965) · Tomek Jarolim (Aix-en Provence, 1983) · Pe Lang (Sursee, Suiza, 1974) · Fabien Léaustic (Besaçon, 1985)· Antoine Schmitt (Strasbourg, 1961) · Nicolas Schöffer (Kalosa, Hungría 1912- París 1992)· Santiago Torres (París, 1986) · Raúl Valverde (Madrid, 1980)


Son los artistas que presenta la GALERÍA ODALYS en calle Orfila 5, Madrid en su exposición Interactive, cuya inauguración tendrá lugar el 21 de abril de 2016 hasta el día 26 de mayo de 2016 en un horario de 11:00 a 14:00 y de 15:00 a 20:00 horas.


Una muestra evocadora de aquellos heroicos pioneros de las realidades nuevas, utópicos soñadores de un mundo mejor y más bello donde luz y movimiento, un cierto estar en suspensión la realidad, inclusive el acceso a otra dimensión, tuvieron posición destacada. Una utopía, realités nouvelles, vindicativo término continuador de la épica moderna surgida del verbo fou de Guillaume Apollinaire.


A los “Salon des Réalités Nouvelles” hay que añadir algunas otras referencias de ese tiempo, como la creación del grupo parisino GRAV (“Group de Recherche de l’Art Visuel”, 1960) o exposiciones históricas como “Bewogen Beweging” (Stedelijk Museum, Amsterdam, 1961) o “The Responsive Eye” (MoMA, New York, 1965). En el contexto español ha de citarse, colectivamente, también esos años, al grupo MENTE, creado en Barcelona (1968-1970), antesala del experimento del Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid-CCUM, ya en el mundo cibernético de los setenta.


Estos artistas, -sumergida la Galería Odalys entre las sombras, destellos o reflejos, formas zigzagueantes o insinuándose en los planos, misterioso estadio del espacio-, podrían firmar aquel mítico y militante “Manifiesto” pergeñado por Auguste Herbin en el Paris de los cincuenta que defendía la utopía de un espacio animado en lo pictórico desde la exaltación lumínica. Búsqueda de las formas arribando hasta las experiencias de Otto Piene y el grupo ZERO, aquel que señalara que “la luz es la encarnación visible de la energía”.


Al cabo, estos artistas serán continuadores de proclamas que habían tenido también en Turner y los impresionistas otro punto de partida, el elogio de la luz: esta podría ser movediza, determinar en su indeterminación, relativizar la verdad de la visión: Constable, Degas, Monet o Hopper, instauradores de la relevancia de la luz en un mundo, hasta entonces, asaltado por la planicie de la mera representación. Sí, verdaderos nuevos románticos nuestros artistas cinético-lumínicos, interactivos poetas de la luz herederos de aquella primera máquina lumínica concebida por Moholy-Nagy: “Light-Space Modulator” (1922-1930), sustrato de obras del imaginantedinámico Nicolas Schöfer, presente en la exposición.


Transmutación, pues, de una energía invisible deviniendo, lo creado, un acto más bien del pensar, y no sólo cuestión de formas plásticas, refiriendo además la relación del cuerpo con el espacio que se habita: lo invisible puede construir lo visible. Cuadros transformables por el espectador, es el elogio de lo inestable o inacabado, planteando así la posible abolición del espacio existente, la distancia, entre la obra y su contemplador. O, en palabras de Duchamp, sería el contemplador quien concluiría la obra de arte. Objetivo que, al cabo, acaba mencionando esa otra vieja utopía de los artistas de la Bauhaus: que la estética invada la vida cotidiana, pues es bien cierto que ya desde el precursor Agam, algunos artistas op-art extendieron sus búsquedas en lo real como estela inasible.


No es este exactamente un arte de tangibilidades sino, más bien, elogiador de la liviandad y el misterio, de unos ciertos jeroglíficos de luz surgiendo entre otro laberinto: el de la supuesta conformación de lo real. Una aventura cuya esencia es inmaterial, mas que elogia lo construido, arte de creadores de formas herederos de aquellos, tantos, artistas que soñaron siempre con líneas y extraños fulgores venidos de donde no se sabe. Formas expandiéndose en un cierto elogio del dinamismo y que, haciéndolo, intangibles, evocan la ilusión de un nuevo mundo dimensional, rememorando las reflexiones que sobre el diagrama en el arte hiciera Deleuze. ¿Tesoros, nos decía Vasarely?. Creación que evoca una cierta escritura donde la luz podría revelarse en el aire: haces, rasgos de luz, líneas que se desplazan con aire caprichoso en el espacio, formas en movimiento, -sombras portadas, que diría Marcel Duchamp-, emulando, parece a veces, el vértigo de un viaje de la nada sobre la nada: la materia incorpórea -el torrente de sus partículas- sobre la aparente nada del espacio, hasta construir unas ciertas redes que conformarán, a su vez, otra nueva entidad, recordando el tiempo es materia del arte develado en el espacio. Meditando en torno a los enigmas de la luz y realizando tal indagación sobre la posibilidad de transfiguración de formas de fulgor impalpable, ilusión por tentar espacios desconocidos que vagan incandescentes por el espacio. Para estos creadores lumínico-cinéticos, propulsores de la interactividad del espacio plástico, el trabajo creativo se realiza no tanto en el espacio físico, en el espacio real en el que se mueven las cosas, como en ese otro punto ignoto, tan misterioso, reino intermedio de las vibraciones, donde sucede la percepción de quien contempla sus obras. Por tanto, su arte es un arte de dudas sobre lo que percibimos, más que de certezas y, en cierta medida, -sugiriendo que lo que llamamos ‘realidad’ no es más real que el inasible espacio que construye el aire-, proponen que lo percibido, lo que cada persona percibe, no deja de ser una construcción mental de lo real puesto permanentemente a prueba con sus obras. Misterio del espacio, lo suyo es indagar en torno a tensiones de líneas y sombras, surgimiento u ocultación de formas o volúmenes, subrayando la posibilidad de reconvertir el espacio en una suerte de ámbito distinto, ineludible tal condición de su viaje de la mano del tiempo. Prosecutores de inefables extensiones, delineando los contornos de las cosas, las existentes u otras aparecidas en el espacio, no es extraño emparenten con aquella vieja ambición de los pintores por atrapar la luz, empeñados en pintar la luz casi como un elemento corpóreo, acariciando el ángulo de una pared, sobre las líneas de un tejado, flameando hasta constituir el paisaje.


El arte, al cabo un diálogo misterioso con el Universo, promueve los enigmas y los artistas ahora expuestos en “Interactive” plantean la zozobra de los espacios físicos, elevando otra cartografía de lo real. Y esta realidad parece ser nuevamente revelada con la interactividad o la presencia de la luz componiendo un espacio en elongación que entonces parece portar una cierta intangibilidad, deshecho en ocasiones de su peso, desmaterializado, interrogado por nuevas luces superpuestas a la realidad, semejando demandar sobre la percepción que tenemos de la misma. Vaivén de las líneas, flujo del surgimiento, moroso, en ida y vuelta, de la luz. Erigir un trazo de luz en el espacio supone proponer un territorio de meditación sobre lo no formulado: proponer un signo, una epifanía luminosa de acordes extraños que eleva la posibilidad de la poesía. Conversación trazada en el espacio, como en la imposible plenitud del primer día u, otra lectura, la poética, la mención a su intento de repoblar el mundo de los objetos con el primer misterio elemental, la luz, enigmático nacimiento en el espacio, hierofanía de la revelación de un nuevo mundo elevado sobre la nada.


También el movimiento, dirá Denise René, simplemente estaba en el aire, respondiendo casi tautológicamente a la cuestión sobre el objetivo de la mítica exposición “Le mouvement”, en la primavera de 1955 Quizás recordando numerosas utopías donde los artistas se preguntaron por las formas y la posible interactividad del espectador. La vieja utopía futurista ya era elogiadora de un arte inquieto, del desplazamiento y la promisoria velocidad, que se constituiría casi en un asunto estético y moral. También el suprematismo malévitchiano concluía refiriendo un extraño estar del arte en el espacio, la defensa de una vibración de las formas equiparadas a una suerte de cósmico movimiento, universal temblor que confería el espíritu moderno, que también defendieran Gabo o Pevsner. Algo que nos obliga a citar la maquinaria cubista y su mundo, lo real, en permanente de-re-des-construcción.


La obra deja de ser un objeto terminado listo para integrarse en el mundo del arte y pasa a convertirse en configuradora de un medio humano, orientándose hacia la obra de arte total propugnada por Schwitters desde el dadaísmo, o Lissitzsky en la tendencia constructiva. Ilusión de un nuevo tiempo, tentativa de encuentro del progreso con las formas plásticas, actitud de carácter melancólico al cabo, pues pensando construir, proponiendo geometrías u el ofrecimiento del número y la medida entre el desorden de lo real, se convoca a la melancolía. Investigación sobre las formas visuales, persiguiendo recursos lumínicos o cinéticos, devienen estos artistas en poetas del mito de la luz a la búsqueda del serio juego de las formas. Más luz, más luz, entre la realidad o la ilusión, un quehacer revelador, -por encima de autores, tiempos, materiales y técnicas-, de un conjunto de artistas extraterritoriales, entrópicos y misteriosos, viajeros denodados en ese tembloroso interregno que desvela el encuentro entre el espacio ilusorio y el real.


Alfonso De La Torre


Esta exposición contará con un catálogo con textos de Alfonso De La Torre y Dominique Moulon.